Retirarse va muy bien. Nos conviene encontrarnos con nosotros mismos. Este es un retiro de Adviento. Sí. un día de oración, de reflexión y de crecimiento interior. El tema: UNA ESPERANZA QUE NO MUERE. El Adviento es un tiempo de recordar la esperanza que tenemos. Y esta esperanza se asienta sobre Jesús de Nazaret. No importa si conoces o no a Jesús, si eres mucho o poco creyente. Este retiro es para ti. Seguro que te servirá del algo. Intenta hacerlo.
Lo primero de todo, acomoda en tu casa un rincón de plegaria. ¿Cómo se hace? Pues mira, un ejemplo: busca un espacio tranquilo de tu casa. Un sitio donde puedas estar tú y nadie más (a no ser que quieras hacer el retiro en compañía de otras personas, que también es posible). Pero lo del sitio tranquilo es importante. Prepara una mesita con un mantel. Sobre la mesa una vela blanca gruesa y a su lado una Biblia. En círculo, en torno a la vela gruesa y a la Biblia, coloca cinco velitas más pequeñas. Procura que cuando vayas a hacer la meditación la luz predominante sea la de la vela gruesa. Si necesitas luz eléctrica para leer, intenta que sea muy suave (una lámpara de noche o algo así).
Busca la mejor hora para ti, intenta ser fiel a ese momento durante las horas del día. Como si tuvieras una cita muy, muy, importante. Olvídate de la tele, intenta tener tu mente y tu corazón dentro de ti y en búsqueda contemplativa. Deja que la paz te inunde y que el efecto de tu oración anime todo. Procura el silencio y la quietud interior. A ser posible, tal momento, dedica tu ocio al retiro. Juntos caminaremos y juntos veremos algo de la luz de Dios que ilumina en lo más íntimo del corazón. No tengas miedo, déjate seducir por el misterio que hay dentro de ti.
¡Respuesta imposible! Es grata, sin embargo la alegría de repetir lo que en ocasiones tan diversas nunca cesó de surgir en mí: Jesucristo fue desde el principio y sigue siendo un "ambiente".
Es un «ambiente» hallado en todas partes, en las miserias y en las fiestas, en el campamento y en los talleres. Estoy seguro que no procedía de mí, de que no era yo el que lo creaba. Veo a Jesucristo vivo y lo identifico, activo y oculto en los caminos y en cada ambiente de fraternidad.
La seguridad que ahora me une a Él se ha forjado en la dura esperanza y en la amable amistad de innumerables hermanos. Jesucristo es una «clave», la única coherencia de lo que, fuera de Él, se dispersa en todas direcciones. Sin Él, el pobre y el inocente están perdidos.
Y la historia está también perdida. No sé cómo, pero con Él se iluminan las desdichas lo mismo que si las bañara un sol oculto. Rescata a los inocentes y los alivia; rescata, asimismo, como a través del fuego, a los verdugos, que somos todos nosotros.
Para mí, Jesucristo es una sed, un clamor. El grito que lanzó un día sobre la cruz y que nada podrá extinguir. Lo oigo día y noche, grito del hombre moribundo, el clamor de los pueblos masacrados, del inocente atropellado. Esto significa que Jesús me llama y que yo lo llamo. No abrigo la menor duda de ello. Y estoy seguro también de que Jesús no necesita ser identificado para ser reconocido y para reconocernos. Jesucristo es como la sirena de incendio que en la noche nos lanza fuera de la cama y nos hace correr, jadeante, hacia los siniestrados. Jesucristo, para mí, es nuestro lazo de unión. (Joseph Robert, sacerdote obrero)
Hasta aquí, has meditado sobre el Verbo Encarnado. Y has descubierto, seguramente, que Jesús tiene mucho que aportarte. Te propongo ahora un autoejercicio de contemplación, sumamente útil, si te lo tomas en serio y con calma. Es un ejercicio de meditación. Sigue las instrucciones y todo irá bien.
Enciende, por este orden, la vela gruesa, y mientras recitas la oración, una por una las otras velas pequeñas: Ven Espíritu divino, ilumina las entrañas de mi alma y enciende en mi el fuego de tu amor. Guarda un momento de silencio e intenta repasar las grandes ideas que te hayan impactado en estos días de retiro.
Ahora, colócate en una postura cómoda. Intenta concentrar tu mente. Respira hondo. Al inspirar siente cómo el aire penetra en tus pulmones y te infunde vida y paz. Al expirar date cuenta de cómo te liberas de un peso y dejas sitio para el aire nuevo. Acompasa tu respiración, concéntrate bien en ella. Llénate de aire y de vida.
Procura fijar tu mirada en un punto concreto. Si te es mejor, cierra los ojos un momento, hasta que te sientas en paz, con la mente en blanco, sin nada en qué pensar. Cuando creas que estás a punto, sigue adelante en el ejercicio, tal y como se te indica aquí. Los puntos suspensivos quieren decir que te detengas y medites hasta que tú veas que debes seguir la meditación que se te propone. Te sugiero que no la interrumpas en un punto y otro, sino que la hagas toda, aunque te dure tiempo. Seguramente descubrirás cosas inauditas y tendrás el deseo de volver a hacer este ejercicio que puedes repetir cuantas veces lo desees. Vamos allá.
Imagino que Él me ha invitado a encontrarme consigo y me está esperando en lo alto de una solitaria montaña... y salgo de inmediato... ¿Qué sentimientos nacen en mi interior cuando pienso que pronto me voy a encontrar con él?...
En la soledad de mi montaña me entretengo en contemplar la llanura que se extiende allá abajo... y, de pronto, tomo conciencia de que Él está ahí, conmigo... ¿De qué manera se me muestra?... ¿Cómo reacciono ante su presencia? ...
Le hablo y le hago comentarios sobre nuestra amistad. Primero lo negativo: los sentimientos de duda..., de desconfianza..., temor..., resentimiento... Mi amigo se convierte en una carga cuando me plantea exigencias que no deseo satisfacer; cuando se hace absorbente; cuando me niega lo que deseo o necesito...
Si albergo resentimientos o temores en mi interior, mi relación puede mejorar tomando conciencia de ellos. Así pues, me pregunto si Jesús es una carga; ¿es la clase de amigo cuyas exigencias producen sentimientos de culpabilidad?... ¿Es la clase de amigo que me presiona, que me pide cosas que no estoy dispuesto a hacer?... ¿Es el tipo de amigo que me da miedo, que me inquieta por sus actitudes o exigencias?... ¿Es el tipo de amigo que restringe mi libertad?... Si es así, se lo digo abiertamente... y escucho su respuesta...
Ahora me pregunto ¿qué adjetivos definirían mejor nuestra amistad? Puede ser que sean negativos, ambiguos e incluso contradictorios... pero si responden a la realidad me ayudarán a profundizar en la relación. Me pongo en diálogo con Él y decidimos qué imágenes simbolizan mejor nuestra amistad...
Pasamos del presente al pasado. Pienso en lo que Jesucristo ha significado para mí en mi niñez... y en las diferentes etapas de mi crecimiento como persona humana... Pienso en los altibajos por los que ha pasado nuestra relación....
Pero una relación de amistad y encuentro exige algo más: exige que yo ponga en claro mis expectativas con respecto al otro. Intento pensar qué es lo que espero de Jesús de Nazaret... Qué deseo de Él.... Qué me gustaría que Él hiciese por mí.... Se lo digo abiertamente... También le pregunto lo que Él espera de mí...
El tiempo se va agotando... Él tiene que marcharse pero, antes, nos miramos y nos preguntamos por el futuro... ¿Qué clase de futuro deseamos que tenga nuestra relación?... ¿Estoy dispuesto a mantener nuestra relación?... ¿Lo está Él?... ¿Qué podemos hacer al respecto?...
Comienzo a bajar de la montaña. Noto mis pies pesados, como sin ganas de irme, pero he de volver al camino de la vida... Allí en la realidad de mi vida humana me encontraré muchas veces con Jesús... Me pregunto: ¿seré capaz de reconocerle, de dialogar con él?... Me hago el propósito de que subiré a la montaña a menudo para seguir charlando amistosamente... Mientras tanto, surge dentro de mi una cancioncilla...
JESÚS ES LA VERDAD Y EL CAMINO,LA LUZ QUE ILUMINA MI DESTINO
Mientras vas volviendo a la normalidad, no dejes de retener en tu mente la imagen de Jesús y ora...
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